Árticulo de D. Juan Moya (Dr. en Medicina y Rector de Caballero de Gracia)

LIDERES CREIBLES Y EFICACES

La responsabilidad de los que son elegidos para representar a un grupo mayor o menor de la sociedad, es tanto más importante cuanto más repercusión tenga en la vida de la sociedad el encargo o trabajo para el cual se le elige. Este principio básico es aplicable a todos los ámbitos de la realidad: desde un entrenador de futbol hasta un representante sindical o de un partido político. Se hace necesario que los hombres o mujeres elegidos por los ciudadanos reúnan las cualidades que se supone debería tener todo buen lider, para que sea verdaderamente creíble y no defraude a los que le han elegido. Muy esquemáticamente pienso que se les debe pedir al menos lo siguiente:

 – Ser una persona sin la menor sombra de doblez o engaño. Su rectitud, su veracidad debe estar abalada por sus obras más que por sus palabras. La incoherencia entre lo “declarado” y lo “hecho” anula la credibilidad.

 – No hace falta que sea un “genio”, pero sí debe ser un hombre o una mujer con una competencia profesional probada en otros campos; por muy buena intención que se tenga, las decisiones acertadas y con criterio no se improvisan. Si una persona no ha destacado en su específico campo profesional –el derecho, la economía, la enseñanza, etc. -, es un riesgo peligroso esperar que pueda desempeñar acertadamente un cargo público, que, como cualquier trabajo serio, requiere competencia, dedicación, capacidad de estudio, orden, constancia…

 – No dedicarse a tareas públicas con el fin primario de ganar dinero. Todo trabajo ha de estar justamente remunerado, pero dedicarse a la “cosa pública” como un “medio de vida” más lucrativo que el que pudiera tener en el desempeño de la propia profesión, no parece que sea deseable, pues es fácil “amarrarse” al cargo a como dé lugar, más por beneficio propio que por verdadero deseo de servir a la sociedad. Además sería una tentación fácil el uso indebido del dinero que esa persona tuviera que administrar.

 – Tener convicciones personales que supongan un verdadero progreso ético en la vida personal, familiar y social. Esto no requiere imprescindiblemente convicciones religiosas, pero sí una concepción ética de la vida acorde con la dignidad de la persona. Entre esas convicciones deben estar el respeto a la vida en todo el arco de su existencia, desde la concepción hasta la muerte natural; al matrimonio (uno con una y para siempre), como la célula esencial de la configuración de una sociedad estable; el derecho a la libertad religiosa y a la educación de los hijos. Los “contravalores” (como el aborto) son tragedias que no van a la raíz de los problemas, para tratar de encontrar las soluciones verdaderamente eficaces, y por eso se prolongan en el tiempo con gran deterioro moral de las personas y de las costumbres.

 – Un gran respeto a las convicciones personales de los demás, que no vayan contra los derechos humanos. Hay que evitar la demagogia y el ataque sistemático a la persona que piensa de modo distinto a uno mismo: es antidemocrático, falta de respeto a la legítima libertad, y hace muy difícil el diálogo constructivo, la búsqueda de puntos comunes que contribuyan al buen entendimiento entre las personas.

 – Por último, pienso que se debe pedir a los que intervienen en la elaboración de las leyes, que no renuncien a configurar o formar la sociedad de acuerdo con unos principios éticos claros. Aunque haya que tener en cuenta lo que a los ciudadanos les pueda interesar, también existe el deber de ayudar a esos mismos ciudadanos a preferir lo que sea más conforme al recto orden moral, no lo que les “venga en gana”. Las leyes, para ser justas, no deben perder su valor formativo.

 Juan Moya