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En nuestro cotidiano vivir, viene bien reflexionar un poco. Quizá esto te sirva de ayuda.

La PARA ELISA de Beethoven y las ELECCIONES del 26-6-2016

La PARA ELISA de Beethoven y las ELECCIONES del 26-6-2016

He visto en “Informe Semanal” un DEBATE  abierto a cuatro, propiciado por RTVE  ¡felicidades a RTVE!; por el debate de los cuatro senadores, y, sobre todo, por el mensaje subliminal de la música de fondo y de interconexión de los temas.

Hasta el día de las elecciones, voy a tocar en mi teclado dicha música: “La Para Elisa de Beethoben”.  Como alguno no sabrá tocarla o no tendrá piano, os adjunto un enlace con un fragmento de esa maravillosa pieza tocada por el pianista Gonzalo MUñoz.

PARA ELISA DE BEETHOVEN

Desde mi imparcialidad al informar aquí, también os dejo el enlace al programa de Informe semanal. Juzgad cada uno y, mientras escucháis la Para ELISA,  os pensáis el voto. Y, no dejéis de votar, nos jugamos mucho.

DEBATE A CUATRO EN INFORME SEMANAL

HACE FALTA UN CRISTIANO…

HACE FALTA UN CRISTIANO

Te has acostumbrado a ser como eres. Ya todo te parece normal. A todo le quitas importancia. A bulto reconoces que tienes defectos, pero no sabes decir en concreto cuáles son tus fallos. Te lo dejas pasar todo. Ni vigilas para evitarlos, ni reaccionas contra ellos al advertirlos. Hasta te quedas tranquilo viendo que eres corriente, como todos, incluso mejor que muchos.

Total, acabas teniéndote por bueno. Vives, por tanto, engañado, dormido. Es, pues, imposible que adoptes una postura sincera ante Dios, ante los demás, ante ti mismo. Vives en falso.

La consecuencia primera es que no trabajas seriamente por cambiar, por mejorarte. Tu relación con Dios o se apagará del todo o será rutinaria e incoherente. Por ejemplo: ¿de qué pedirle perdón, si no has hecho nada malo o no sabes qué?¿Para qué pedirás la fuerza de su gracia, si no hay nada que mejorar? ¿Qué sentido pueden tener entonces para ti la oración y los sacramentos?

Esa falta de conocimiento propio viciará también tu relación con los demás. Al no ver tus fallos, pero sí los suyos, aumentarán los conflictos y será imposible resolverlos. Sólo sabrás dar culpa a los otros y exigirás que cambien.

No serás por eso verdaderamente honrado cuando pretendas que los demás se mejoren, aunque se trate de tus hijos. Lo honrado sería poner más empeño en mejorarte a ti que a los demás. Tu vida quedará así llena de mil cosas que te afean a los ojos de Dios y de los demás. Sólo tú te das el visto bueno. En una palabra, tu vida no es cristiana más que de nombre.

Y, naturalmente, el panorama que presentamos un conjunto así es de pena. Cristianos de nombre, paganos de vida. Para vergüenza de Cristo y para vergüenza nuestra nos llamamos cristianos. Estamos desprestigiando al cristianismo y convenciendo a todos de su inutilidad. ¿Para qué puede servir el cristianismo si deja las vidas sin tocar?O empezar a vivirlo de verdad, o dejar de llamarnos cristianos y de aparentarlo.

¡Hace falta un cristiano! Hace falta en la familia. Hace falta en la empresa… Hace falta en la escuela… Hace falta en el arte, en la política, en la literatura… en todas partes.Pero hace falta un cristiano entero. Y no se puede sustituir por nada.¿Cómo lograremos despertar nuestra conciencia dormida?

¿Te has fijado lo fácil que resulta ver los fallos en los demás? Los tenemos ante los ojos y nos molestan. Se trata, pues, de mirar de frente nuestros propios fallos. Nos sentiremos molestos y querremos cambiar.

A eso quieren ayudarte estas páginas. Pueden servirte de espejo. Al verte manchado, no rompas el espejo. Sé valiente y empieza a limpiar.

¿Cuál es tu rostro? Debería ser el de Cristo. Desde el bautismo eres como Él hijo de Dios. El cristiano es otro Cristo. Tu vida ha de ser, por eso, una copia de la suya. Debes tener su mismo rostro: sus virtudes. Pero esa vida del bautismo se te dio en germen, sin desarrollar. Has de ir arrancando los vicios, que es la siembra que dejó en ti el pecado original, y has de desarrollar las virtudes, que es la siembra del bautismo, hasta que Cristo quede formado en ti.

El bautismo hizo un injerto de Vida Divina en ti. Cuando un labrador tiene en el campo un árbol con mucha vitalidad, pero cuyos frutos no le satisfacen, le hace un injerto, y ese árbol empieza a dar frutos sabrosos.

Nosotros, tal como quedó la naturaleza humana después del pecado original, sólo hubiéramos producido frutos desagradables. Con el divino injerto del bautismo quedamos hechos una misma cosa con Cristo. Podemos y debemos dar sus mismos frutos.

¿Cuáles tendrían que ser estos frutos? Una vida de fe, de esperanza y de caridad desarrolladas hasta el máximo. Es una manera nueva, diferente y sabrosa de vivir y enfocar todos los aspectos de nuestra vida personal, laboral, familiar, social… Es adoptar ante Dios, nuestro Padre, y ante los hombres, nuestros hermanos, la misma actitud de Jesús. Es enfocar, como Él, todos nuestros deberes, trabajos, sufrimientos, alegrías… Es lograr, a la vez, nuestra perfección, nuestra felicidad, la gloria de Dios y la transformación de la sociedad, en la medida que depende de nosotros.

Empieza a estudiarte. Irás viendo si tu vida es o no verdaderamente cristiana. Se despertará tu conciencia dormida. Y aunque te veas muy lejos de ser este cristiano que hace falta, no te desanimes. Al final veremos cómo puedes arrancar tus vicios y desarrollar tus virtudes.

Árticulo de D. Juan Moya (Dr. en Medicina y Rector de Caballero de Gracia)

LIDERES CREIBLES Y EFICACES

La responsabilidad de los que son elegidos para representar a un grupo mayor o menor de la sociedad, es tanto más importante cuanto más repercusión tenga en la vida de la sociedad el encargo o trabajo para el cual se le elige. Este principio básico es aplicable a todos los ámbitos de la realidad: desde un entrenador de futbol hasta un representante sindical o de un partido político. Se hace necesario que los hombres o mujeres elegidos por los ciudadanos reúnan las cualidades que se supone debería tener todo buen lider, para que sea verdaderamente creíble y no defraude a los que le han elegido. Muy esquemáticamente pienso que se les debe pedir al menos lo siguiente:

 – Ser una persona sin la menor sombra de doblez o engaño. Su rectitud, su veracidad debe estar abalada por sus obras más que por sus palabras. La incoherencia entre lo “declarado” y lo “hecho” anula la credibilidad.

 – No hace falta que sea un “genio”, pero sí debe ser un hombre o una mujer con una competencia profesional probada en otros campos; por muy buena intención que se tenga, las decisiones acertadas y con criterio no se improvisan. Si una persona no ha destacado en su específico campo profesional –el derecho, la economía, la enseñanza, etc. -, es un riesgo peligroso esperar que pueda desempeñar acertadamente un cargo público, que, como cualquier trabajo serio, requiere competencia, dedicación, capacidad de estudio, orden, constancia…

 – No dedicarse a tareas públicas con el fin primario de ganar dinero. Todo trabajo ha de estar justamente remunerado, pero dedicarse a la “cosa pública” como un “medio de vida” más lucrativo que el que pudiera tener en el desempeño de la propia profesión, no parece que sea deseable, pues es fácil “amarrarse” al cargo a como dé lugar, más por beneficio propio que por verdadero deseo de servir a la sociedad. Además sería una tentación fácil el uso indebido del dinero que esa persona tuviera que administrar.

 – Tener convicciones personales que supongan un verdadero progreso ético en la vida personal, familiar y social. Esto no requiere imprescindiblemente convicciones religiosas, pero sí una concepción ética de la vida acorde con la dignidad de la persona. Entre esas convicciones deben estar el respeto a la vida en todo el arco de su existencia, desde la concepción hasta la muerte natural; al matrimonio (uno con una y para siempre), como la célula esencial de la configuración de una sociedad estable; el derecho a la libertad religiosa y a la educación de los hijos. Los “contravalores” (como el aborto) son tragedias que no van a la raíz de los problemas, para tratar de encontrar las soluciones verdaderamente eficaces, y por eso se prolongan en el tiempo con gran deterioro moral de las personas y de las costumbres.

 – Un gran respeto a las convicciones personales de los demás, que no vayan contra los derechos humanos. Hay que evitar la demagogia y el ataque sistemático a la persona que piensa de modo distinto a uno mismo: es antidemocrático, falta de respeto a la legítima libertad, y hace muy difícil el diálogo constructivo, la búsqueda de puntos comunes que contribuyan al buen entendimiento entre las personas.

 – Por último, pienso que se debe pedir a los que intervienen en la elaboración de las leyes, que no renuncien a configurar o formar la sociedad de acuerdo con unos principios éticos claros. Aunque haya que tener en cuenta lo que a los ciudadanos les pueda interesar, también existe el deber de ayudar a esos mismos ciudadanos a preferir lo que sea más conforme al recto orden moral, no lo que les “venga en gana”. Las leyes, para ser justas, no deben perder su valor formativo.

 Juan Moya